No estoy satisfecho conmigo,
algo como un rencor que me apasiona
brota de mi silencio sin medida.
Blanco cristal de bienvenida,
ansío los brillos matutinos,
el gemido brutal de la muerte
desaciendo mi mirada para siempre.
Morir, moriré con las piernas ancianas,
con el rostro carcomido por el aire.
Pero ahora nadie llora. Sólo yo
puedo buscar el dinero y no encontrarlo,
y buscar trabajo como si yo no fuese un trabajador.
Pero no reconozco mis manos,
pero mis huesos se ríen precozmente.
Antes del último tropezón, ensayo una brutal dentellada
en el fondo de mi quehacer.
Kepa Ríos Alday
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